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¿HASTA CUÁNDO?

Por Redacción
28 agosto 2026
3 Leer Min
INZUNZA: LA SOLEDAD DEL PODER
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Cuando la violencia de cualquier índole se impone sobre la paz social, no hay otra explicación: el Estado falla en su obligación constitucional.
Por eso Sinaloa, marcadamente desde hace dos años, es un territorio fallido. Primero el centro. Y hoy el sur, particularmente Mazatlán.
Este municipio se convirtió ahora en el centro de gravedad de la violencia. Es en la ciudad, en las calles de sus colonias, donde a diario ocurren hechos de sangre. También en su zona rural, donde los enfrentamientos entre grupos de civiles están a la orden del día.
La gente está padeciendo la guerra en todos los sentidos y es cruel que algunos funcionarios deslicen la idea de que si en el malecón y la Zona Dorada no ocurre nada, significa que no hay violencia y que todo transcurre en paz. Cierto, hay que conservar el turismo, pero sin negar la terrible realidad de los habitantes.
En la ciudad, la gente no sabe en qué momento estallará la balacera, pero por sí o por no prefieren resguardarse temprano. Es cierto, en la zona turística se ven paseantes, pero desde las diez de la noche merma la vida nocturna. Muchos turistas prefieren pasarla en sus hoteles.
Hace poco, en un rancho cercano al pueblo de La Noria, un grupo armado de al menos 30 personas, sometieron a alrededor de 50 trabajadores. Los revisaron uno a uno, les quitaron su celular para checar sus contenidos y cerciorarse de que no tuvieran lazos con el bando rival. Nada les encontraron y los dejaron en libertad.
Pero el grupo contrario se enteró y pensaron que sus rivales se habían quedado a dormir en un almacén del rancho y por la noche procedieron a bombardearlo con drones. “No parecía, era la guerra como la que sale en la tele”, contó un vecino a otros reunidos en la plazuela del pueblo. ¡Terrorífico!
Estos eventos se repiten en la extensa zona rural de Mazatlán, también en Concordia, en la sierra de Rosario y en la mera cabecera municipal de Escuinapa, donde los enfrentamientos son constantes y hasta el alcalde vive refugiado día y noche porque los que mandan ahí son otros.
Es cierto, hay despliegue de cientos de soldados en Mazatlán y la zona sur de Sinaloa, pero la violencia no es aislada sino producto de una planeación para eliminar los blancos elegidos. Ahí es donde también se van inocentes, ya sea por balas perdidas o porque a alguien le tocó estar cerca del objetivo a la hora del ataque.
Es una violencia sistémica, que corresponde, por lo mismo, a estructuras organizadas que se pelean un espacio, una plaza, una región en la que operan sus negocios. La confrontación no es solo porque haya odio personal entre sus líderes y que lleva a luchas encarnizadas, sino por el negocio que va más allá de las diferencias personales. Y ese no se cede. Se trata de conservarlo a sangre y fuego. Eso ocurre cuando no hay negociaciones y la lucha se vuelve despiadada.
Y para este tipo de organizaciones Mazatlán y el sur es una plaza que hay que pelear palmo a palmo, en medio de miles de soldados cuya tarea de disuasión está limitada porque las células del crimen tienen muy bien definidos sus objetivos. En todo caso, las detenciones o los enfrentamientos con las fuerzas federales se dan por información de inteligencia militar o por encuentros fortuitos. Es cierto, hay detenciones, pero eso hasta ahora no ha mermado la guerra ni sus consecuencias fatales. Es que los grupos fácticos tienen capacidad para reponer hombres y para obtener más armas y tecnología bélica. También capacidad para cooptar o incrustrar a personas claves en el gobierno. Si las fuerzas armadas tienen inteligencia militar, ellos tienen contrainteligencia para enterarse a tiempo de los planes oficiales.
¿Cuánto durará la guerra en Mazatlán y el sur de Sinaloa? Solo hay que recordar las palabras del General de División Francisco Jesús Leana Ojeda, pronunciadas el 16 de septiembre de 2024, en su carácter de entonces Comandante de la Tercera Región Militar quien, al ser cuestionado sobre cuándo regresaría la tranquilidad al estado y si el Ejército tenía el control, afirmó textualmente:
“No depende de nosotros, depende de los grupos antagónicos que dejen de hacer confrontación entre ellos y que estén dejando a la sociedad en paz”.
Palabras que, desgraciadamente, aún siguen vigentes. Es que los muchachos aún no se ponen de acuerdo. Y el Estado hasta ahora no ha podido con ellos. ¿Hasta cuándo?

CHISPAZO/Felipe Guerrero Bojórquez

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