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2 DE OCTUBRE: LA HERIDA QUE OBLIGÓ A MÉXICO A CAMBIAR

Por Redacción
2 octubre 2026
5 Leer Min
SINALOA ACELERA: inversión, rumbo y confianza para crecer
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Por Jaime Antonio Flores Urías

“2 de octubre no se olvida” dejó de ser hace mucho tiempo solamente una consigna estudiantil. Se convirtió en una advertencia política, en un recordatorio para las instituciones y, sobre todo, en una referencia obligada para entender una parte de la transformación democrática de México.

Han transcurrido 58 años desde aquel 2 de octubre de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. Aquella tarde, un movimiento encabezado principalmente por jóvenes que exigían libertades democráticas, liberación de presos políticos, desaparición del delito de disolución social, responsabilidades por los abusos policiacos y, principalmente, diálogo público, terminó enfrentándose a la violencia del Estado. El propio Estado mexicano reconoció formalmente en octubre de 2024 que los hechos constituyeron un crimen de lesa humanidad y ofreció una disculpa pública a las víctimas, sus familiares y la sociedad.

Pero sería insuficiente recordar el 68 exclusivamente desde la tragedia.

La pregunta que México debería hacerse cada 2 de octubre es otra: ¿qué aprendimos políticamente de aquellos jóvenes y cuánto del México actual nació de aquella inconformidad?

La respuesta está en muchas de las libertades que hoy consideramos normales.

En 1968 México tenía un sistema político mucho más cerrado que el actual. La oposición contaba con espacios reducidos, la protesta social encontraba límites severos y la capacidad del presidencialismo para controlar buena parte de la vida política era enorme. El movimiento estudiantil puso frente al espejo a ese sistema y evidenció que una nueva generación ya no estaba dispuesta a aceptar una relación vertical entre gobernantes y gobernados.

El 68 no democratizó por sí solo al país. Sería históricamente incorrecto atribuirle todas las transformaciones posteriores. Pero sí contribuyó a crear una presión social y cultural que acompañaría los cambios de las siguientes décadas. El propio Instituto Nacional Electoral ha señalado la relación entre aquella crisis de legitimidad y el proceso que posteriormente conduciría a la reforma política de 1977, cuando comenzaron a ampliarse los espacios institucionales para la pluralidad y la representación de fuerzas políticas hasta entonces marginadas.

Hubo señales tempranas, en 1969 se reformó el artículo 34 constitucional para reconocer la ciudadanía a partir de los 18 años, ampliando la participación política de los jóvenes. En 1970 fueron derogadas las disposiciones relacionadas con el llamado delito de “disolución social”, una de las exigencias del movimiento estudiantil; años más tarde, la reforma política de 1977 ampliaría la representación y abriría nuevos cauces para la participación política.

Ahí encontramos uno de los mayores legados de Tlatelolco: México comenzó lentamente a entender que la inconformidad no debía combatirse, sino procesarse democráticamente.

Esa probablemente sea una de las mayores aportaciones que aquella generación hizo al Estado mexicano.

Un Estado moderno no se fortalece porque tenga menos voces críticas. Se fortalece cuando construye instituciones capaces de escuchar, procesar diferencias y permitir que quienes piensan distinto puedan expresarse sin convertirse por ello en enemigos del gobierno.

Después vendrían muchas otras luchas, reformas, movimientos sociales, crisis electorales y generaciones ciudadanas que contribuirían a construir el México plural de nuestros días. Por eso resulta importante no convertir al movimiento de 1968 en el único origen de la democracia mexicana, pero tampoco minimizar su enorme peso político y cultural. Incluso estudios sobre la evolución electoral mexicana señalan que su efecto fue principalmente cultural y de mediano plazo, formando conciencia política y pensamiento crítico que maduraría durante las décadas siguientes.

¿Qué queda entonces del 68 en el México de 2026?

• Queda el derecho a disentir.

• Queda una juventud que sabe que puede organizarse.

• Queda la protesta social como instrumento de participación política.

• Queda una sociedad mucho menos dispuesta a aceptar una verdad gubernamental como única versión de los acontecimientos.

• Queda también la exigencia de rendición de cuentas y la convicción de que ninguna institución del Estado debería colocarse por encima de los derechos de los ciudadanos.

Y queda algo todavía más profundo: la memoria como mecanismo de control democrático del poder.

Durante décadas fueron estudiantes, sobrevivientes, familiares, académicos, periodistas y organizaciones sociales quienes mantuvieron vivos los acontecimientos de Tlatelolco. Hoy el propio Estado los reconoce como parte fundamental de la memoria histórica nacional. El movimiento está incorporado incluso en espacios educativos e institucionales y su legado continúa estudiándose como uno de los momentos centrales de la historia política contemporánea del país.

Sin embargo, conmemorar el 2 de octubre solamente tendría sentido si somos capaces de trasladar esa memoria al presente.

El principio debe valer independientemente del partido que gobierne, no existe gobierno democrático que deba temerle a los estudiantes por hacer preguntas. No debería existir poder público que considere enemigo a quien protesta. Tampoco debería justificarse automáticamente cualquier acción por el simple hecho de presentarse como movimiento social. Democracia significa derechos, pero también instituciones, responsabilidad, legalidad y diálogo.

Tal vez esa sea la madurez que México todavía debe construir, porque Tlatelolco nos dejó una enseñanza que atraviesa ideologías, partidos y generaciones: cuando el poder pierde la capacidad de escuchar, comienza a perder legitimidad; cuando una sociedad pierde la posibilidad de cuestionar al poder, comienza a perder libertad.

El Estado mexicano de hoy es distinto al de 1968. Tiene mayor pluralidad política, mecanismos electorales mucho más desarrollados y una sociedad civil incomparablemente más participativa. Pero ninguna democracia puede considerarse terminada. Cada generación tiene la obligación de conservar los espacios conquistados y corregir los abusos que todavía puedan presentarse.

Por eso, 58 años después, quizá la mejor manera de recordar a los jóvenes de Tlatelolco no sea únicamente repetir que “2 de octubre no se olvida”.

Es entender por qué no debemos olvidarlo, porque aquellos jóvenes no solamente dejaron una página dolorosa en la historia nacional, ayudaron a enseñarle al Estado mexicano que gobernar no significa imponer; significa escuchar.

Y esa lección, en cualquier época y bajo cualquier gobierno, sigue teniendo absoluta vigencia.

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