La toma del Palacio Municipal de Ahome por parte del grupo conocido como Guerreros Azules de Sinaloa ha encendido el debate público en el municipio. Como toda acción de protesta, parte de una inconformidad legítima una causa que, según sus propios integrantes, responde a demandas sociales. Sin embargo, más allá del fondo del conflicto, la forma en que se ha decidido manifestarlo merece una reflexión profunda.
El Palacio Municipal de Ahome no es únicamente la sede del poder administrativo; es, sobre todo, el punto de encuentro cotidiano entre el ciudadano y el Estado. Ahí se gestionan actas de nacimiento, permisos comerciales, pagos de predial, licencias de construcción, trámites de desarrollo urbano, apoyos sociales y un sinfín de procesos que impactan directamente en la vida diaria de miles de familias.
Cuando se bloquea ese espacio, no se paraliza al gobierno en abstracto; se paraliza al ciudadano común.
El costo invisible de las acciones radicales
Cada día de cierre administrativo representa pérdidas económicas para comerciantes que requieren licencias, retrasos para quienes necesitan documentos oficiales urgentes, afectaciones para adultos mayores que acuden por apoyos y complicaciones para empresarios que generan empleo.
La narrativa puede presentar la toma como un acto de presión legítimo, pero en la práctica, la afectación recae en quienes menos margen de maniobra tienen: el ciudadano de a pie.
En el siglo XXI, las democracias han evolucionado. Existen mecanismos institucionales, jurídicos, mediáticos y digitales que permiten visibilizar causas sin interrumpir servicios esenciales. La protesta es un derecho; la interrupción del derecho de terceros es otra discusión.
Protestar sin castigar a la sociedad
Las causas sociales no se deslegitiman por exigir justicia; se debilitan cuando sus métodos generan rechazo social. Si el objetivo es ganar respaldo ciudadano, bloquear los espacios donde ese mismo ciudadano resuelve sus necesidades básicas parece una estrategia contraproducente.
Hoy existen alternativas más efectivas y menos lesivas:
- Mesas de diálogo público con transmisión en vivo, que generen presión mediática.
- Acciones legales colectivas que obliguen a la autoridad a responder institucionalmente.
- Movilizaciones pacíficas simbólicas sin bloqueo de servicios.
- Campañas digitales organizadas, con datos, argumentos y propuestas claras.
- Observatorios ciudadanos independientes que documenten irregularidades.
Estas herramientas no solo mantienen la legitimidad del movimiento, sino que suman aliados en lugar de restarlos.
Pero el remedio no puede ser peor que la enfermedad.
El desafío actual no es solo resolver el conflicto puntual en Ahome; es elevar la cultura política local. Necesitamos pasar de la confrontación física a la confrontación de ideas. De la presión que bloquea, a la presión que convence.
Una nueva ética de la protesta
Si verdaderamente aspiramos a mejores condiciones sociales, debemos replantear cómo se ejerce la presión ciudadana. Las acciones radicales no deben desaparecer, pero sí transformarse: organizadas, estratégicas, jurídicas y comunicativamente sólidas.
Porque al final del día, el Palacio no es del gobierno; es de la gente. Y cuando se cierra, la puerta que se clausura no es la del poder, sino la del ciudadano que necesita ser atendido.
El ciudadano no puede ser rehén de ninguna disputa, por legítima que esta sea.
Soy Jaime Antonio Flores Urias
Jaime.flores@novaradio.mx



