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PROCESOS

Por Redacción
19 enero 2026
5 Leer Min
SANSÓN A LAS PATADAS
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En Sinaloa, el 2027 no se está construyendo con spots, sino con control interno, territorio y narrativas de “viabilidad”. Y cuando digo viabilidad, me refiero a lo que en política realmente pesa: quién puede ordenar a los suyos, quién puede mover estructura, quién puede sumar aliados sin implosionar… y quién llega con el desgaste a cuestas.
A esto se suma un factor que muchos están subestimando: el contexto nacional ya empezó a meterse en la elección local.
La discusión sobre una reforma electoral y el reto logístico de 2027 (incluida la posibilidad de modelos de votación más complejos por los cambios derivados de la elección judicial) puede alterar participación, operación de casilla y hasta estrategias de movilización.
Es decir: 2027 no será solo “otra elección”, puede ser una elección con reglas o dinámicas distintas.
Dicho eso, vamos a lo esencial: los partidos y sus actores, con posibilidades reales y sus riesgos.
Morena parte arriba porque tiene poder territorial y control de agenda. En política mexicana, el que gobierna arranca con ventaja, pero también carga con la factura.
En Sinaloa esa factura tiene nombre: seguridad, percepción de control y la conversación nacional sobre el estado, que se ha vuelto tema recurrente.
La baraja morenista no es pobre: es excesiva. Y ahí está el primer riesgo. La sucesión no la rompe la oposición; la rompen las tribus.
En esa carrera interna, los nombres que tú pones en la mesa son justamente los que hoy concentran reflectores y, por tanto, aciertos y desgaste:
Juan de Dios Gámez Mendívil, desde Culiacán, juega en el municipio políticamente más determinante del estado; su fortaleza es la exposición y su riesgo es el desgaste continuo del día a día. Estrella Palacios Domínguez, desde Mazatlán, opera la vitrina turística y económica más visible; Mazatlán se convierte en escaparate de resultados.
Y en el plano legislativo y de redes internas aparecen la senadora Imelda Castro, el senador Enrique Inzunza, la diputada federal Graciela Domínguez y la diputada local María Teresa Guerra Ochoa. Sus activos: operación política, narrativa ideológica y posicionamiento nacional/local.
El riesgo: que se conviertan en polos que compiten entre sí y generen “lealtades paralelas”.
Aquí hay una verdad incómoda: Morena puede llegar a 2027 con ventaja y aun así sufrir si no “amarra” su candidatura sin fracturas. La elección se decide en el método interno tanto como en la boleta.
El PAN está jugando a dos bandas: por un lado, la línea nacional que sugiere ir solo; por el otro, la realidad local que empuja a hablar de unidad si los números lo exigen. Esa contradicción no es un error: es táctica.
El PAN quiere llegar a la mesa de 2027 como eje, no como socio menor. Y Wendy Barajas lo ha dicho en el discurso: la alianza se analiza si conviene; no se asume como obligación.
En ese armado aparecen Wendy Barajas, Roxana Rubio y ahora Eduardo Ortiz como parte del paquete de cuadros y posicionamiento. El PAN incluso está colocando desde ya la discusión sobre Culiacán como “candidatura peleada”, porque Culiacán no es solo un municipio: es un termómetro de fuerza opositora.
El PAN tiene un activo estratégico: puede crecer por atracción de perfiles externos. Y aquí entra el tema que ya venía calentando: Paola Gárate y el “fichaje” como mensaje político.
No importa si se concreta o no; el golpe mediático ya operó: el PAN se exhibe como receptor de inconformes y el PRI como proveedor de cuadros en riesgo.
El riesgo panista es claro: sumar sin ordenar. Un PAN que crece por adhesiones necesita reglas internas para repartir candidaturas; si no, el crecimiento se vuelve pleito interno.
Y en 2027, una oposición fracturada solo sirve para confirmar la ventaja de Morena.
El PRI sinaloense llega a 2027 con una consigna silenciosa: sobrevivir con influencia. Eso se logra de dos maneras: 1) estructura territorial real en municipios donde todavía tiene base; 2) cuadros con rentabilidad electoral y capacidad de operación.
Ahí entran Bernardino Antelo Esper y Mario Zamora Gastélum. Dos perfiles con oficio, reconocimiento y la ventaja de entender que el PRI ya no compite con nostalgia: compite con pragmatismo.
El tricolor, hoy, no puede vender “regreso”; tiene que vender utilidad: “yo aporto votos, operación y estructura”.
Pero el PRI tiene una herida abierta: la fuga o el coqueteo de perfiles. Paola Gárate no es solo un nombre; es un síntoma.
Cuando el panismo habla de ofrecerle candidaturas, está diciendo algo brutal: el PRI puede tener talento, pero no siempre tiene proyecto que lo retenga.
El PRI, entonces, se juega algo más profundo que un resultado electoral: se juega ser partido bisagra o ser partido decorativo. Si no llega a 2027 con territorios “amarrados”, su negociación será marginal.
El Verde es de esos partidos que rara vez protagoniza la conversación pública, pero casi siempre aparece en la foto del reparto.
En Sinaloa, su fuerza está en la capacidad de mantenerse cerca del poder y administrar espacios.
Ricardo Madrid es la cara formal de esa estructura y ha sido ratificado en la dirigencia estatal, lo que manda una señal de continuidad y control interno (algo que muchos partidos envidian en vísperas de sucesión).
Jesús Valdés representa operación y experiencia en tierra, y Quirino Ordaz, aunque hoy esté en rol diplomático, sigue siendo un nombre con peso simbólico y político: no necesariamente para contender, pero sí para influir, abrir puertas o cerrar acuerdos.
Pero tampoco hay que dejarlo fuera al Embajador porque puede dar la sorpresa.
La posibilidad real del Verde no es “ganar solo”. Su posibilidad real es definir coaliciones y asegurar posiciones. Y en una contienda donde Morena busque blindar su ventaja, el Verde juega como socio que sabe cobrar.
El PT, en términos electorales, suele ser complemento, pero no subestimemos su capacidad de presión política cuando hay reparto.
A nivel nacional, incluso se han visto tensiones entre aliados de Morena en debates como la reforma electoral.
En Sinaloa, su valor está en lo aritmético y en lo territorial focalizado. No necesita ser protagonista; necesita ser necesario. Y el PT entiende como pocos esa lógica.
MC tiene un activo que la oposición tradicional perdió: puede presentarse como “tercera vía” sin cargar con la historia del PRI ni con el desgaste del PAN en otras plazas. Pero su talón de Aquiles sigue siendo estructura.
Aquí entran dos nombres: Sergio Torres Félix como referente estatal y Richard Millán, alcalde de Elota, como ejemplo de plataforma municipal que MC puede usar para demostrar gobernabilidad y presencia territorial.
El dilema de MC rumbo a 2027 es estratégico: ¿crece solo, aun si su techo es limitado, o se vuelve pieza de una alianza opositora a cambio de posiciones?
Si MC se mantiene solo y logra crecer en voto urbano, puede convertirse en factor de desequilibrio: no necesariamente para ganar, sino para mover el resultado. En una elección cerrada, eso es oro.
Si algo está claro desde ahora es esto: 2027 no premiará al partido que grite más fuerte, sino al que llegue más ordenado. Morena tiene ventaja, pero su riesgo es la sucesión.
El PAN puede encabezar la oposición, pero debe probar cohesión y músculo en municipios clave.
El PRI solo se mantiene relevante si llega con territorios y cuadros rentables. PVEM y PT negociarán desde la cercanía al poder. Y MC será el factor que, dependiendo de su crecimiento y sus decisiones, puede cerrar o abrir escenarios.
En resumen: la pelea real no será “Morena contra la oposición”. La pelea real será “Morena contra su propio método” y “la oposición contra su incapacidad histórica de ordenarse”.
Y en Sinaloa, cuando los partidos no se ordenan, el poder no se disputa: se hereda.
marcoantoniolizarraga@entreveredas.com.mx
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