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GRACIELA DOMINGUEZ: Gobernadora. Menos escritorio, más territorio

Por Redacción
27 agosto 2026
7 Leer Min
SINALOA ACELERA: inversión, rumbo y confianza para crecer
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La política sinaloense cambió de coordenadas en cuestión de días. El nombramiento de Graciela Domínguez Nava como gobernadora interina de Sinaloa y la designación de Imelda Castro Castro como coordinadora estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional no parecen movimientos aislados. Vistos juntos, representan una recomposición profunda del poder rumbo a 2027 y, sobre todo, el comienzo de una etapa que políticamente empieza a tomar distancia del ciclo encabezado por Rubén Rocha Moya.

Graciela Domínguez llega a Palacio de Gobierno en circunstancias extraordinarias. Fue nombrada por el Congreso el 25 de agosto con 31 votos a favor y tiene por delante poco más de un año para conducir un estado que reclama tranquilidad, certeza institucional y resultados. En su primer mensaje colocó la recuperación de la paz como prioridad y habló de una paz que se sienta en las calles, escuelas, negocios, campos y hogares.

No es un reto menor.

La gobernadora recibe un Sinaloa golpeado por años difíciles en materia de seguridad, con sectores económicos que reclaman certidumbre, productores agrícolas que exigen soluciones, empresarios que necesitan condiciones para invertir y familias que esperan recuperar algo tan elemental como la tranquilidad de su vida cotidiana.

Por ello, Graciela Domínguez no puede administrar simplemente la continuidad. Tiene que construir su propio gobierno.

Y posiblemente ahí esté la primera gran señal.

Aunque Domínguez Nava formó parte del gabinete de Rubén Rocha Moya como secretaria de Educación un antecedente que sería incorrecto ignorar, su trayectoria política es mucho más amplia y antecede al rochismo. Su historia en movimientos sociales, el PRD, Morena, el Congreso local y posteriormente la Cámara de Diputados le proporciona una identidad propia.

Por eso, cuando hablamos de que Graciela Domínguez e Imelda Castro están desligadas de Rocha, la lectura debe hacerse fundamentalmente en términos de autonomía política: ninguna de las dos necesita construir su futuro alrededor del exgobernador ni depender de su grupo para legitimarse.

Y esa diferencia puede ser determinante.

Desde Palacio Nacional también llegó una señal política relevante. La presidenta Claudia Sheinbaum expresó respaldo a Graciela Domínguez, reconoció su trayectoria y dejó claro que el Gobierno Federal trabajará con ella, aunque puntualizando que su designación correspondió al Congreso sinaloense.

En política, las formas importan.

Ese respaldo puede interpretarse como un voto de confianza de Palacio Nacional para comenzar a estabilizar Sinaloa, pero también como la oportunidad para establecer una relación mucho más directa entre el Ejecutivo estatal y la Presidencia de la República.

Y mientras Graciela gobierna, Imelda Castro comienza a mover el pandero político.

Su nombramiento como coordinadora estatal de la Defensa de la Transformación no solamente le entrega una responsabilidad partidista. La coloca, inevitablemente, en el centro de la sucesión de 2027. Morena, PT y Partido Verde formalizaron su designación, e Imelda anunció que buscará “recuperar el rumbo de la transformación” en Sinaloa.

La frase no es menor.

“Recuperar el rumbo” significa reconocer implícitamente que existe algo que corregir, reconstruir o reencontrar.

Ahí está probablemente la lectura política más interesante de todo este proceso.

Graciela Domínguez recibe la responsabilidad de reconstruir el gobierno; Imelda Castro recibe la responsabilidad de reorganizar políticamente al movimiento.

Una desde Palacio de Gobierno.

La otra desde territorio.

Una tendrá que demostrar que puede devolver gobernabilidad, seguridad y confianza.

La otra tendrá que reconciliar grupos, cerrar heridas internas y construir una estructura política capaz de llegar competitiva y unida a 2027.

Y ambas deberán entender algo fundamental: Sinaloa no necesita otra guerra de grupos al interior de Morena.

Sería un enorme error convertir el Gobierno del Estado en instrumento de una sucesión política. En ese sentido, Graciela Domínguez ya mandó otra señal que considero positiva: aseguró que su administración no intervendrá en el proceso electoral, que habrá piso parejo y diálogo con todas las fuerzas políticas.

Eso será puesto a prueba muy pronto.

La gobernadora debe gobernar para todos, incluso para quienes no pertenecen a Morena. Seguridad, salud, educación, agricultura, reactivación económica, atención a víctimas y desplazados, infraestructura y confianza institucional tendrán que ocupar mucho más espacio en su agenda que las grillas de 2027.

Sus primeros mensajes apuntan justamente hacia un gobierno de territorio. Domínguez ha anunciado recorridos por los 20 municipios, diálogo con sectores productivos y una administración de puertas abiertas.

Si lo cumple, estaremos ante una forma de gobernar muy identificada con la esencia política que dio origen a la Cuarta Transformación: por el pueblo y para el pueblo, cercanía territorial, austeridad política, atención directa y funcionarios obligados a abandonar el escritorio para escuchar al ciudadano.

Pero existe otra responsabilidad.

Graciela tendrá que demostrar que el cambio no fue solamente de nombre.

Tendrá que revisar funcionarios, corregir áreas que no funcionaron y permitir que su administración tenga sello propio. No se trata de perseguir al pasado ni de borrar todo lo construido; se trata de entender que una nueva titular del Ejecutivo requiere libertad para tomar decisiones y asumir también las consecuencias de ellas.

Mientras tanto, Imelda Castro tendrá una encomienda igualmente complicada.

Su principal adversario quizá no esté afuera de Morena, sino dentro: los grupos, aspiraciones, heridas y estructuras que dejó la lucha por el poder de los últimos años.

Si logra convertirse en punto de encuentro y no solamente en cabeza de una facción, puede consolidar un liderazgo muy poderoso rumbo a 2027. Si cae en la tentación de cobrar facturas políticas, la historia será distinta.

La fotografía política que hoy presenta Sinaloa resulta, por ello, extraordinariamente interesante.

Dos mujeres ocupan los dos espacios políticos más importantes del momento.

Graciela Domínguez tiene el poder institucional.

Imelda Castro empieza a concentrar el liderazgo político-electoral de la transformación.

Ambas poseen trayectoria propia. Ambas vienen de luchas políticas anteriores al rochismo. Ambas conocen la izquierda sinaloense desde sus entrañas. Y ambas tienen ahora la oportunidad de demostrar que la Cuarta Transformación puede entrar en una nueva etapa sin depender de un solo grupo político.

El mensaje que puede estar enviando la dirigencia nacional de la 4T es sencillo: estabilizar primero el estado, reconstruir después el movimiento y llegar a 2027 con una estructura renovada.

Graciela tendrá que pacificar y gobernar.

Imelda tendrá que unir y construir.

Y Claudia Sheinbaum deberá mantener el respaldo federal suficiente para que Sinaloa salga de la coyuntura actual.

Si las tres piezas funcionan coordinadamente, Morena puede transformar una crisis política en una oportunidad de renovación.

El reto para Graciela Domínguez será demostrar que no llegó solamente para concluir un sexenio, sino para recuperar la confianza en el gobierno.

Y para Imelda Castro, demostrar que su nombramiento no representa únicamente una candidatura anticipada, sino la capacidad de volver a juntar a un movimiento que necesita reencontrarse con sus bases.

Porque finalmente el poder cambia de manos, los grupos aparecen y desaparecen y los nombres pasan.

Pero el ciudadano permanece.

Y si verdaderamente quieren reivindicar los principios de la Cuarta Transformación, tendrán que volver a la fórmula más sencilla y al mismo tiempo más difícil de cumplir:

menos política de grupos, más territorio; menos escritorio, más pueblo; menos intereses personales y más Sinaloa.

Por Jaime Antonio Flores Urías

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