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Sinaloa recibe a Harfuch entre balas y desapariciones

Por Marissa Palafox
28 octubre 2026
4 Leer Min
El ruido de fondo | VIS À VIS por Marissa Palafox
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¿Qué tiene que pasar en Sinaloa para que la seguridad deje de ser una promesa y empiece a sentirse en las calles?

Este miércoles, Omar García Harfuch llegó a Culiacán para revisar la estrategia de seguridad, en medio de un repunte de homicidios que la propia presidenta Claudia Sheinbaum reconoció. La visita ocurre cuando la violencia vuelve a ocupar los titulares y miles de sinaloenses siguen esperando que algo cambie.

Pero basta mirar lo que ha ocurrido en las últimas horas para entender que la crisis no necesita demasiadas explicaciones.

Seis jóvenes fueron reportados como privados de la libertad en Culiacán. Un día antes, hombres armados se llevaron a una pareja de un restaurante de sushi. En Mazatlán, una hielera con una cabeza humana fue localizada cerca del Ayuntamiento. En Guasave también se registraron hechos violentos que dejaron personas muertas.

Son noticias que se suman a una larga lista de hechos que han marcado la vida de Sinaloa desde septiembre de 2024. Y aunque cada caso tiene su propia historia, todos nos devuelven a la misma pregunta: ¿cuándo va a cambiar esta realidad?

Las cifras ayudan a dimensionar la gravedad. De acuerdo con un recuento publicado por Ríodoce, entre el 1 y el 22 de octubre se registraron 142 homicidios dolosos en el estado, un promedio de 6.5 asesinatos diarios.

Sin embargo, hay una parte de esta crisis que no aparece completa en las estadísticas. La violencia también se mide en los negocios que bajaron sus cortinas, en los empleos que se perdieron, en las familias que dejaron de salir a cenar y en quienes aprendieron a cancelar planes porque ya no se sienten seguros en su propia ciudad.

Hay comerciantes que tuvieron que cerrar porque las ventas dejaron de alcanzar o porque mantener abierto se volvió demasiado riesgoso. Hay trabajadores que perdieron su fuente de ingresos. Hay padres que prefieren que sus hijos se queden en casa antes que exponerse a una situación que no pueden controlar.

Y están quienes siguen con su vida, al menos en apariencia, pero no han podido recuperar la tranquilidad. Personas que se sobresaltan con un ruido, que no duermen bien después de escuchar disparos, que revisan el teléfono cuando un familiar tarda en llegar o que sienten ansiedad cada vez que alguien sale de casa. El miedo también deja huellas que no se ven y que no desaparecen cuando termina una balacera.

Eso también es violencia. La que mata, la que desaparece personas, pero también la que le va quitando a la gente su trabajo, su descanso, sus espacios de convivencia y la confianza de que mañana podrá hacer su vida con normalidad.

Por eso, la visita de Harfuch importa por lo que pueda cambiar, no solamente por los temas que se revisen durante su estancia. La coordinación entre autoridades y el análisis de inteligencia son necesarios, pero la pregunta es qué se está haciendo para frenar los homicidios, localizar a quienes desaparecen, recuperar el control de las zonas afectadas y evitar que más familias pierdan su patrimonio o vivan con miedo.

La seguridad no puede evaluarse únicamente por la cantidad de elementos desplegados o los operativos anunciados. También tendría que notarse en las calles que la gente vuelve a transitar, en los comercios que pueden trabajar sin temor, en las escuelas donde los padres dejan a sus hijos con tranquilidad y en las noches en que una familia puede dormir sin sobresaltarse ante cualquier ruido.

Harfuch puede regresar a Ciudad de México después de sus reuniones. Los funcionarios pueden continuar con sus agendas y los informes pueden actualizarse. Pero en Sinaloa quedará la misma pregunta si la violencia no disminuye: qué cambió realmente después de esta visita.

Porque para quien perdió su negocio, un operativo no devuelve automáticamente el patrimonio que construyó durante años. Para quien dejó de dormir después de escuchar disparos cerca de su casa, un anuncio no borra el miedo. Y para las familias que buscan a alguien, el tiempo no se detiene mientras esperan respuestas.

La violencia ya le quitó demasiado a Sinaloa. No solamente vidas: también empleos, negocios, noches de sueño y la libertad de hacer algo tan sencillo como salir sin pensar en todo lo que podría pasar.

Y eso es lo que tendría que cambiar. Que vivir aquí deje de sentirse como un riesgo que cada persona debe aprender a administrar por su cuenta. Que la gente pueda volver a trabajar, salir, descansar y hacer planes sin que el miedo decida por ella.

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