Por Jaime Flores
Hay momentos en la vida pública de un estado en los que una marcha representa mucho más que una movilización. Hay ocasiones en las que salir a la calle se convierte en una declaración colectiva de principios. Eso ocurrió este domingo 13 de septiembre en Culiacán, cuando miles de sinaloenses vestidos de blanco decidieron caminar para pronunciar una palabra que durante demasiado tiempo ha parecido lejana para muchas familias: PAZ.
La movilización partió de La Lomita y avanzó hacia la Catedral de Culiacán. Familias, ciudadanos, empresarios, organismos sociales, jóvenes y personas que han sufrido directamente los efectos de la violencia caminaron bajo una misma exigencia: recuperar la tranquilidad, la seguridad y, sobre todo, el derecho de volver a vivir nuestros espacios públicos sin miedo.
Pero sería un error político interpretar esta marcha únicamente como una protesta contra el Gobierno.
Lo que vimos también puede entenderse como algo mucho más profundo: una sociedad sinaloense que está despertando y que comienza a comprender que la construcción de la paz necesita de la participación de todos.
Durante demasiado tiempo pensamos que resolver la inseguridad correspondía exclusivamente a policías, gobiernos, fiscalías, Ejército o Guardia Nacional. Evidentemente, el Estado tiene la responsabilidad constitucional y fundamental de garantizar seguridad y justicia. Eso no admite discusión.
Sin embargo, reconstruir el tejido social requiere algo adicional:
- Requiere ciudadanos.
- Requiere familias.
- Requiere escuelas.
- Requiere empresarios.
- Requiere iglesias.
- Requiere organizaciones civiles.
- Y requiere gobiernos capaces de escuchar.
En ese contexto debe analizarse la postura asumida por la gobernadora GRACIELA DOMÍNGUEZ NAVA.
Antes de la movilización, la mandataria decidió no apropiarse políticamente de una expresión nacida desde la sociedad. Reconoció el derecho ciudadano a manifestarse, manifestó coincidencia con la búsqueda de paz, justicia y tranquilidad, y señaló que su responsabilidad como gobernadora era respetar los espacios de la sociedad y garantizar condiciones para la libre manifestación.
Después de la marcha fue todavía más clara.
GRACIELA DOMÍNGUEZ sostuvo que para el Gobierno resulta valioso que los ciudadanos se organicen y planteó algo que debería convertirse en una política pública permanente: hay que recuperar nuestras calles y nuestros espacios públicos.
Y ahí existe un mensaje político que vale la pena rescatar, un gobierno democrático no debe tenerle miedo a una ciudadanía organizada, al contrario, debe escucharla.
Cuando una sociedad se organiza pacíficamente, cuando toma las calles vestida de blanco, cuando exige seguridad sin recurrir a la violencia y cuando decide levantar la voz frente a sus autoridades, lo que tenemos no es una amenaza para las instituciones; tenemos una oportunidad para fortalecerlas.
La propia gobernadora reconoció que una parte de este proceso necesariamente deberá pasar por recuperar la confianza de los ciudadanos en su Gobierno y sostuvo que sociedad, instituciones y autoridades tendrán que sumar esfuerzos para reconstruir la paz.
Ese reconocimiento es importante porque uno de los mayores riesgos después de una crisis prolongada de inseguridad no es únicamente la violencia, es la normalización, el acostumbrarnos a que determinados sectores comerciales cierren temprano, aceptar que las familias modifiquen sus actividades por miedo, y considerar normal que los niños crezcan escuchando conversaciones sobre hechos violentos, es también asumir que determinadas calles, parques o espacios públicos dejaron de pertenecernos y precisamente por eso la marcha representa algo distinto.
Sinaloa está diciendo que no quiere acostumbrarse, la sociedad comienza a entender que quedarse encerrada indefinidamente tampoco puede ser la respuesta.
Recuperar la paz significa también recuperar la vida cotidiana.
- Que nuevamente exista actividad económica.
- Que los restaurantes estén llenos.
- Que los parques tengan familias.
- Que los jóvenes puedan estudiar y divertirse.
- Que los empresarios inviertan.
- Que nuestros hijos puedan transitar sin miedo.
- Que podamos volver a encontrarnos como comunidad.
La seguridad necesita operativos, inteligencia, coordinación institucional e investigación. Pero la paz necesita además reconciliación social, oportunidades, educación, cultura, deporte, prevención y participación ciudadana.
Por eso lo ocurrido este domingo no debería quedarse simplemente en las fotografías de una marcha, el reto comienza ahora.
El Gobierno de GRACIELA DOMÍNGUEZ tiene frente a sí la oportunidad de convertir esta expresión ciudadana en un gran punto de encuentro, escuchar a las organizaciones, dialogar con empresarios, acercarse a las familias de las víctimas, fortalecer programas comunitarios, llevar actividades a colonias y comunidades, recuperar parques, generar espacios para jóvenes, y paralelamente mantener una estrategia firme de seguridad y coordinación con el Gobierno Federal y los municipios.
Porque ningún gobierno puede prometer que la reconstrucción de la paz ocurrirá de un día para otro. Pero sí puede demostrar todos los días que existe una ruta para conseguirla.
También sería injusto colocar toda la responsabilidad exclusivamente sobre una administración que apenas comienza una nueva etapa política, la recuperación de Sinaloa requerirá continuidad, coordinación y, especialmente, resultados.
Aquí no deben existir colores partidistas, la violencia no pregunta por quién votamos, la inseguridad tampoco distingue entre empresarios, trabajadores, funcionarios públicos, estudiantes o comerciantes, por ello, la paz tampoco debería tener partido.
Quizá uno de los mensajes más importantes de esta movilización sea precisamente ese: los ciudadanos quieren volver a ser protagonistas de su propio estado.
Y desde el Gobierno de Sinaloa parece existir una lectura correcta al no confrontar este movimiento, sino reconocerlo.
La gobernadora hizo bien al respetar su carácter ciudadano, hizo bien al garantizar la libertad de expresión, y hace bien al plantear que la reconstrucción de la paz requiere una alianza entre Gobierno y sociedad, pero ahora viene la parte más importante: convertir esa coincidencia en acciones.
La ciudadanía ya dio un paso y ahora corresponde a las instituciones responder con hechos y a la propia sociedad no regresar a la indiferencia, porque quizá la marcha de este domingo no haya resuelto el problema de inseguridad de Sinaloa y ninguna marcha podría hacerlo pero sí ocurrió algo políticamente relevante: miles de sinaloenses decidieron que el miedo no puede seguir dictando la vida cotidiana del estado.
Y si algo dejó claro esta marcha es que la sociedad sinaloense comienza a entenderlo, la paz no solamente se exige. La paz también se construye, y Sinaloa, finalmente, parece dispuesto a construirla.


