El STASE se encamina a una nueva elección y, con ella, vuelve una discusión que durante años ha quedado pendiente: ¿qué sindicato quieren realmente los trabajadores al servicio del Estado?
Porque el problema no debería reducirse a quién ocupará la Secretaría General. El verdadero reto está en todo lo que se ha acumulado y que hoy forma parte de las conversaciones entre los agremiados: favoritismos, presiones, dudas sobre la asignación de plazas, falta de transparencia, prestaciones pendientes y la incertidumbre que existe alrededor de las pensiones.
El Sindicato de Trabajadores al Servicio del Estado necesita preguntarse si realmente está funcionando para sus agremiados o si terminó convertido en un espacio donde unos cuantos toman las decisiones y la mayoría solamente espera que sus demandas sean escuchadas.
La discusión sobre las reglas internas también será inevitable. Las modificaciones a los estatutos y las condiciones para competir por la dirigencia han abierto nuevamente el debate sobre la democracia sindical y sobre la posibilidad de que quienes ya estuvieron en el poder puedan mantener influencia o regresar.
Y ahí está uno de los grandes temas de esta elección: el sindicato no puede tener dueños.
Porque una organización sindical pertenece a sus trabajadores, no a grupos, familias, corrientes o dirigentes que pretendan convertir los cargos en posiciones permanentes de poder.
Pero mientras se habla de quién quiere dirigir el STASE, hay asuntos mucho más importantes que resolver.
Está el IPES y la preocupación de quienes han dedicado décadas al servicio público y necesitan certeza sobre su jubilación. Está el tema de las aportaciones, los recursos y la obligación de garantizar que quienes han trabajado toda una vida puedan recibir las prestaciones que les corresponden.
Están también las plazas.
Para un trabajador, una plaza no es un favor. Es estabilidad, antigüedad y seguridad para su familia. Por eso cualquier señalamiento de favoritismo, presión o condicionamiento debe ser atendido y aclarado. Las oportunidades laborales deben responder a reglas claras, no a relaciones personales ni a lealtades políticas o sindicales.
Y está la transparencia.
La base tiene derecho a saber cómo se toman las decisiones, cómo se administran los recursos, qué prestaciones están pendientes y qué compromisos se han cumplido. No basta con presentar informes o llenar documentos de cifras. Los trabajadores necesitan respuestas sencillas: qué se recibió, en qué se gastó, quién recibió el beneficio y qué sigue pendiente.
Las movilizaciones también han dejado un mensaje. Cuando los trabajadores tienen que salir a protestar para exigir el cumplimiento de prestaciones o acuerdos laborales, es porque existe una inconformidad que no puede seguir ignorándose.
Por eso la próxima elección será mucho más que un cambio de nombres.
Será una oportunidad para que la base cuestione lo que no funciona y exija compromisos concretos.
El proceso de campaña suele comenzar a principios de febrero y extenderse durante febrero y marzo. En abril, los trabajadores acudirán a las urnas y el 2 de mayo tomará protesta quien resulte electo.
Eso significa que todavía hay tiempo para que quienes aspiren a dirigir el sindicato expliquen qué van a hacer y, sobre todo, cómo lo van a hacer.
Porque no será suficiente decir que se defenderá a los trabajadores.
Habrá que explicar cómo se van a transparentar los recursos, cómo se evitarán los favoritismos en las plazas, cómo se defenderán las pensiones, cómo se atenderán las prestaciones pendientes y qué mecanismos tendrá la base para exigir cuentas a su propia dirigencia.
También habrá que responder una pregunta incómoda: ¿qué se hará para que las decisiones del sindicato dejen de concentrarse en los mismos grupos?
Ahí estará una de las claves de la próxima elección.
Porque ganar una elección puede depender de los votos.
Pero recuperar la confianza de los trabajadores dependerá de algo mucho más difícil: cumplir.
El STASE necesita una dirigencia que entienda que representar a miles de trabajadores no significa administrar un cargo, sino asumir una responsabilidad.
Y cuando llegue abril, la base tendrá en sus manos algo más que una boleta.
Tendrá la oportunidad de decidir qué tipo de sindicato quiere para los próximos años.
Uno que siga funcionando con las mismas inercias o uno que ponga nuevamente a los trabajadores en el centro.



